Levantas las cejas, apartas la mirada, resoplas y ladeas la cara como tomando una pose que acompase la actitud de hombre serio que intentas adoptar. Y yo que te miro en ese momento, en ese insignificante gesto me doy cuenta del por qué de todo. De que me pasaría el día entero viéndote fruncir el ceño y desfruncirtelo a besos para después volver a hacer que lo frunzas y volver a besarte, así una y otra vez.

